diumenge, 20 de novembre de 2011

El mero hecho de nacer hermoso


Es una corriente de aire que me hiela la espalda, un repentino escalofrío me hace vulnerable como una hoja de tilo a finales de otoño, soy un charco de aguas estancadas y mucho más que no me atrevo a contarte. Todo esto es lo que siento cuando lo tengo cerca de mí, cuando siento su sólida presencia en mi área de percepciones a flor de piel. Todo esto y mucho más que te contaré si tengo tiempo. Ganas sí tengo, lo sabes pero como ando de cabeza con lo de los jacos puedo tardar semanas en terminar mis historias y relatos.


Cuando lo recuerdo acercarse con su andar de amplias zancadas como si el peso de sus gónadas lo obligase a abrir desmesuradamente sus piernas en cada paso que daba, tan masculinamente perfecto, viniendo a nosotros, anclados bajo la marquesina vítrea para protegernos de la lluvia de otoño, esperándole. Su afecto lo anticipa con esta descarada sonrisa que nos dedica cuando esta en la acera contigua antes de cruzar la calle. La sonrisa se desflora mostrando sus dientes superiores tan blancos como húmedos guardianes radicales de aquella lengua sabia conocedora de todas las delicias. Tiende la mano, dedos finos y firmeza en el saludo. No temas, aquí solo queda el contacto, el lícito, el permiso, el aceptado.



Estas rotundas piernas, de las cuales tan cerca tengo, sus recios muslos a un palmo de mi mano izquierda, mientras con la derecha sostengo la botella de la antes fría cerveza nacional, rodillas que apenas si se rozan, el vetusto sofá de piel vacuna nos sostiene el ánimo. Querer eternizar el aire mientras le escucho de lo que nada me retiene de sus palabras tiernas. Casi no acierto en las respuestas, de lo que me habla, yo no entiendo, de lo que yo vivo el todo lo ignora, pero mirarle la punta de la nariz cuando me increpa, yo mudo i perplejo, con sus ojos de chino, insiste el la pregunta, yo me salgo como puedo del atolladero puesto que, deseo tener el calor de su pierna cerca de la mía, poder contemplar esta potente masa muscular cubierta de rayadillo de lana cubriendo los muslos y redondeando el paquetito lúbrico.


Los demás siguen sus charlas, (cada vez estoy más sordo) pues solo escucho a quien tenga bien al lado, como es él, quien solo con su altura me empequeñece hasta convertirme en algo ínfimo. Mil ladillas de sus pelos inguinales querría ser por un instante y oler sus húmedos vahos interiores, chupad hermanas! su sangre fresca y tan culpable, de ser el elegido por imparciales dioses, al conceder intangibles riquezas por el mero hecho de nacer hermoso. Bulle en mi cabeza el fin de castigar al bello indiferente por el simple hecho de estar tan cerca de mí y forzar el tambaleo de mi equilibrio emocional tan fiero.


El perverso se sabe todos los recursos para sin esforzarse en demasía, estar en el centro del tornado, los siete que concurren en la salida de hoy saben perfectamente que el atleta, sin ser nada y sin un merito, es el ombligo de esta noche, esta salida se pervierte por la novedad de hacer un hueco al mozo. Lo mismo que estoy pensando yo mientras no le escucho, ni lo atiendo aunque finjo que sí, que todo lo que explica es de mi gran interés, con solo mover levemente la cabeza asintiendo lo que el dios de la belleza explica y nos habla, cumplo con el trato.


Pero no le oigo, solo me gustaría tenerlo entre mis piernas y darle un cachete bien fuerte en la mejilla o en la nalga, o en los dos sitios, como aquellos niños que sus padres llevaban a ver ajusticiar al criminal en el patíbulo, y cuándo el garrote había cumplido su misión, el padre daba un bofetón al hijo para que sintiese un dolor profundo y aquella visión quedase para siempre en la memoria del infante, yo también me gustaría que mi castigo físico le hiciese recordar que en unos pocos años y con mucha suerte podría convertirse en un insecto sufriente como yo.

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